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Un extracto de las reflexiones de Semana Santa de 2008 del Padre Laurence Freeman, publicado en www.wccm.org.

A medida que avanza la Semana Santa, escribo desde nuestro retiro para jóvenes meditadores en la isla de Bere. En este momento, el cielo está completamente despejado y la luz clara revela cada color oculto, cada matiz y textura del mar, los árboles y las montañas. La naturaleza nos hace más fácil creer que estamos en este viaje humano hacia la luz de Cristo, el Sol de la Resurrección que nunca se oculta. Sin embargo, el pronóstico del clima nos advierte sobre algunas ráfagas de frío y lluvias (esto es Irlanda, después de todo), del mismo modo en que sabemos que nuestras vidas no están exentas de sufrimiento.

En nuestras conversaciones durante el retiro, hemos reflexionado sobre las tensiones que enfrentamos en la vida diaria. ¿Cómo encontrar el equilibrio entre la familia, el trabajo y la práctica espiritual? ¿Cómo permanecer dentro de la Iglesia cuando a veces su expresión cultural nos resulta difícil de entender? ¿Cómo releer las enseñanzas esenciales del cristianismo desde el lenguaje y la experiencia de hoy? Momentos sagrados como esta Semana Santa nos ofrecen un espacio interior para lidiar con estas tensiones, para aceptar lo que parece inaceptable y sostener lo que parece insoportable.

En estos días, se nos da la oportunidad de abrazar todo el espectro de lo que significa ser humanos, como nos muestra la Pascua. Mañana, en la Cena del Señor, viviremos la alegría y los desafíos de la comunidad, lavándonos los pies unos a otros y aprendiendo lo que significa una relación de fidelidad. El viernes nos enfrentaremos a los miedos más profundos de nuestra psique: la realidad de la muerte, el temor a la pérdida total y al abandono. Pero al mirar de frente estos miedos, podemos tocar un sentido más profundo que nos abre una puerta—aún desconocida—por la que inevitablemente debemos pasar. El sábado descansamos en ese umbral, entre la pérdida y el hallazgo. Podemos sentirnos inseguros, incluso dudosos, pero no hemos cerrado nuestro corazón a la posibilidad de que, en la madrugada, desde la nada del sepulcro, brote la realidad luminosa de una nueva vida.

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